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Te saludo viajero interior desde esta nueva sección de El portal espiritual. Muchos han leído la página principal, donde cuento cómo y en qué circunstancias fui hallado por mi maestro en este plano terrestre. Me pareció bueno que conozcan algunas de las historias, enseñanzas y anécdotas que se sucedieron en todos estos años, porque quizás logren extraer alimento de este fruto que se me ha dado. Si no es así, sólo tómalo como una lectura más, que nada malo puede causarte. Iré agregando una a una, pues son muchas. Recuerda: no significa que lo que aquí esté escrito necesariamente se aplique a ti, pues cada cual tiene un camino propio. Yo sólo me propongo compartir algunos de los peldaños de mi escalera contigo...
De una conversación por chat (2 de enero de 2002)
La extinción de los karmas... -> Había ya en mi juventud comenzado a disfrutar de cierta paz espiritual. Tenía todo lo que quería, y hasta mi mundo cotidiano parecía haberse ordenado. Mi maestro y yo visitábamos un monasterio vedantista de vez en vez, y aunque a mí no me agradaban las instituciones religiosas, debía reconocer que en esta en particular, había un esbozo de lo que se me había enseñado: todas las religiones tenían cabida allí (cristianos, judíos, hindúes...) se reunían al amanecer a encontrarse cada cual con su Dios, con o sin forma, pero todos en el mismo recinto. Siempre el swami de aquel lugar, nos invitaba a nosotros en particular a compartir el almuerzo, o la merienda, y a algunos devotos más antiguos no les gustaba esta especie de preferencia nueva del swami por nosotros. Mi maestro jamás se dio a conocer como tal, siempre pasó desapercibido. Nunca esgrimió su sabiduría, por el contrario, aunque el swami diese enseñanzas que él ya había practicado cientos de años antes, se sentaba a escucharlo amorosa y humildemente, como uno más. Luego de un buen tiempo, el swami me pedía que lo acompañe a caminar al atardecer. Este hombre que no dominaba aún bien el idioma, gustaba de recorrer las calles y arboledas, y conversaba conmigo de muchos temas. Cierto día me preguntó: ¿tiene Ud. esposa o novia?. Le contesté que no. Él, muy contento, me dijo: entonces Ud. podría ser uno de mis monjes, ¿le gustaría eso?. Le respondí que sí. Me pidió que lo piense. Al día siguiente fui muy entusiasmado a contarle a mi maestro lo sucedido, y él me dijo: conozco hijo mío de tus facultades espirituales, y es muy bueno que sea el mismo swami quien te ofrezca ordenarte monje, ya que en general son muchos los que le piden esto y él rara vez los acepta en su orden, y comprendo tu alegría porque amas a Dios. Yo le dije que veía en esto una oportunidad también de preservarme del mundo y su peligros, y construir un karma positivo para esta vida y las siguientes. Con una mirada dulce y paternal, él me dijo: no sería bueno que aceptes, pues tu debes cumplir tu misión en medio del mundo que conoces, y no apartado en un monasterio: observa a tus hermanas las palomas, que no distinguen entre lugares santos y lugares pecaminosos, y descienden en ambos por igual. tú tienes muchas cosas para hacer en este mundo, y en este mundo extinguirás tus karmas. Con un tanto de tristeza, fui a decirle al swami que no podía aceptar, y él me dijo: entonces prefiere Ud. tener novia que estar aquí. Le dije que no, y no le di más explicaciones, pues ello implicaba hablar de mi maestro y yo no quería revelar su existencia. Luego de unos meses, mi maestro insistía mucho en que debía estar con alguien, que no podía yo en particular no tener una pareja. Yo no entendía esto, pues si bien siempre había añorado poner en práctica el amor humano, veía en ello una gran amenaza a mi tranquilidad. Después de un tiempo, conocí a una mujer muy apasionada, muy diferente a mí, pero que me atraía sobremanera. Comencé a estar con esta persona, y mis amigos comenzaron a disgustarse porque no la veían compatible con mi forma de ser. Algunos hasta me pidieron que deje de estar con ella porque mi forma de ser se estaba alterando. Hablando con mi maestro, me dijo un día: te casarás con esta persona muy probablemente, aunque quieras impedirlo no podrás, y conocerás el dolor y el sufrimiento como nunca antes. Serán como agua y aceite, y pasarás alrededor de 6 años para que realices tu karma. Aunque te opongas, sufrirás, y no podrás resistirte. Mi respuesta fue: jamás! sabiéndolo de antemano, ¿cómo podría yo estar con alguien así? Me quedaré solo antes que me suceda esto. El maestro sonrió y me repitió que no podría evitarlo. Inexplicablemente, y dolorosamente, así fue. Puse en práctica todo lo que mi corazón sentía, y me case con ella, y hubo instantes de alivio, pero no lográbamos entendernos. Ella se oponía totalmente a mi vida espiritual, y quería una vida común, con familia, casa e hijos. Ni Dios ni mi maestro ni mi sendero espiritual entraban en sus planes. La convivencia comenzó a hacerse dolorosa e insostenible, y al cabo de 6 años, nos divorciamos, y mi dolor era gigantesco. Aún así, en medio de los 6 años, nunca dejé de verme con el maestro, y aunque recibía condenas y críticas por mi forma de vida por parte de mi esposa a quien amaba muchísimo, perseveré en el camino. Me molestó mucho que se hubiese cumplido lo dicho por mi maestro, y hasta en algún momento pensé que pudo habérmelo impedido. Luego de un tiempo, y estando yo ya solo, y extrañamente más fortalecido y maduro, me dijo un día: hijo, has amado y perseverado en el amor, aún cuando se te trataba mal. Has aprendido a tolerar con paciencia la naturaleza material y pasional de tu compañera, y has aprendido a ser fuerte. Entraste a un bosque en llamas con tan sólo un vaso de agua, y eso es muy digno. Te has quemado en el fuego de la pasionalidad humana, y la has esperado, deteniendo y retrasando tus pasos para ver si ella podía atisbar a caminar tan sólo un poco. Has soportado que no se te ame, y que se te critique día a día. Este karma ya se ha extinguido... Con mi ojos llenos de lágrimas, le dije: maestro,¿ es que no podré ser feliz al lado de una mujer? Y él respondió: aunque muy dura ha sido, esta enseñanza te ha hecho fuerte. Esta es la última vez que te diré algo sobre tu futuro. Tu próxima compañera será una persona buena y mucho menos pasional, con una tendencia ya más espiritual, y que no te pondrá ningún escollo en el camino interior. Te respetará, y construirán una vida de pareja con sencillez y tranquilidad. Ella aparecerá pronto. Al cabo de unos meses, sin importar cómo, conocí a la mujer que hoy acompaña mis días. Y es tal cual el maestro me anticipó. Pero él jamás volvió a hablarme de tiempos ni de cosas que me sucederían, ni yo se lo he pedido. Llevo hoy una vida sencilla, muchísimo menos dolorosa. Amo el alma de quien me acompañó esos seis años, pero ella siguió su camino y yo el mío. Ambos cumplimos la acción inevitable de la que Krishna habla, y yo, más allá del dolor, sé que uno de mis tantos karmas se ha disuelto por la gracia de lo Alto. No trates de identificarte en este ejemplo, pues cada historia es útil a la vida de cada quien, y todos, algunos más y otros menos, debemos ayudar a Dios y a nuestra alma, en extinguir los karmas pasados que nos pueden dañar, para que se realice nuestra evolución según Su Voluntad
El volcán en erupción... -> A cierta edad, hace unos años, el maestro me dijo: "ya es tiempo de que tu mente se libere. Siempre has realizado lo que te he pedido, pero esta vez debo darte una práctica espiritual profunda: deberás realizar mamtrams (repeticiones de un nombre u oración sagrados). El primer día de la semana lo repetirás mil veces, el segundo dos mil veces y así hasta llegar a 7.000 veces, y al octavo día descenderás a 6.000 hasta llegar a 1.000 al día 14. Y así irás, entrenando y disciplinando tu mente..." Lo que me sucedió cuando esto me fue comunicado fue bastante duro. Al alumno anterior le dio la misma práctica, sólo que repetía 10, 20 y así hasta 70 repeticiones. Yo no entendía por qué tal diferencia. Lo mío me parecía una tortura: 70 contra 7.000 veces. Por otra parte no sabía cuánto tiempo debería hacerlo, tal vez toda mi vida, y tal vez luego me aumentarían las cantidades. Sabía que los yoguis lo hacían 15.000, 30.000 y hasta 70.000 veces, pero yo no era ni la sombra de uno de ellos. Como sea comencé, y durante dos meses lo realicé, con entusiasmo primero, con molestia después, con hastío a lo último. Le planteé mi sentir al maestro, y me fue dicho: " está bien, no te preocupes. Descansa ahora, interrumpe la práctica por estos tiempos. Luego veremos..." Aquello fue un alivio. Disfrutaba mucho cada noche que no debía sentarme a repetir mi mantram. Mi mente estaba exhausta. Al cabo de dos meses me dijo: "Reanudamos tu práctica. Repetirás mi nombre ahora. La diferencia es 500 veces al primer día, 1000 al segundo, y así hasta 3500 veces, y desciendes." Si bien no me agradó volver a hacer prácticas, el hacerlo con el nombre de mi maestro me resultaba hermoso, y la cantidad era la mitad de las que hacía que antes. Pero lo inesperado para mí sucedió al cabo del tercer mes: abruptamente sufría de terror, tenía ataques de pánico, no podía dormir, mi presión cardiaca había aumentado. Al acostarme, un torbellino de pensamientos fustigaba mi cabeza sin detenerse jamás, por el contrario: aumentaban. Sentía que iba a enloquecer por lo menos, o morir en lo inmediato. Llamé por teléfono al maestro y le dije: "Padre, siento terror: millones de pensamientos e imágenes sin sentido se agolpan en mi mente, me sacuden, estoy enloqueciendo. Siento que me muero, Debo verte!!!" Y el respondió: "No temas, esto es fruto de la práctica espiritual. Suspéndela ahora y ven a verme mañana". Contesté: "mañana estaré muerto! mi corazón estalla! mi mente me azota! No soporto esta locura que veo en mí! Debo verte ahora mismo!" El aceptó, y me puse en viaje. Era un trayecto en tren, los minutos no pasaban, sentía que me desmayaría, tenía taquicardia, mi mente era una catarata de infinitas imágenes sin sentido. Sí, había enloquecido de atar, y la muerte era terrorífica, pero ya no soportaba. Creí no llegar a la última estación. Cuando bajé del tren, el maestro me esperaba sonriente, con sus brazos me rodeó y me dijo: "Ya, estás a salvo. Siempre has estado protegido. Lo que te sucedió fue la erupción del volcán. Tu mente estuvo siempre amenazando tu paz. Tu mente es el volcán. No podías estar toda la vida temiendo su erupción. Debía salir su lava quemante. Cuando esto sucede, todo lo contenido durante siglos de karmas estalla, y las poblaciones cercanas al volcán son arrasadas. El fuego quema y purifica. El dolor que experimentas fue sentido por los grandes santos. Hoy hijo mío, tu mente ha estallado. Si te hubiese advertido de esto, jamás hubieses consentido hacer tu mantram. Esto debía ser así: no trates de entender, acepta. Jamás estuviste en peligro, siempre te he cuidado, pero este punto era necesario." Comencé a adormecerme, los pensamientos cesaron de pronto. Sentía paz, y parte de mí no sabía de dónde provenía esa tranquilidad infinita. Toda la locura cesó de golpe, inexplicablemente. Me invadió una sensación de sencillez y armonía indescriptible, más allá de alegría o cualquier concepto. Me reencontré con mi esencia. Sentía que el mismo Dios me acariciaba. Esto no podía ser explicado ni verbalizado. Sucedió así. Desde aquel día, jamás se me ha dado una práctica de ese tipo. La mente ha perdido casi totalmente toda fuerza o forma de azote. De vez en vez, cuando las situaciones del mundo se tornan sofocantes, el volcán emite una obscura humareda, pero no hay lava quemante que me arrase. Sólo se que el volcán estalló, y que ahora la naturaleza ha renacido como en los orígenes en mi ser. Un maestro a veces se vale de formas incomprensibles e inescrutables, confusas como los misterios de Dios. Pero el verdadero maestro es reconocido, porque aunque no lo veamos, su ser protege a su amado alumno. Un compañero de sendero me dijo una vez: " A veces, un maestro es un asesino" . Yo entendí lo que quiso decir, no era literal, pero lo comprendí. No me pidas una explicación de esta historia, no podría dártela. Sólo sé que si el maestro me pidiera realizar de nuevo algo así, lo haría porque sé que él sabe de mí mucho más de lo que yo llegaré a saber en cientos de vidas. Que aquel que esté en camino bajo las instrucciones de un guía, pueda tomar algo útil de esta historia personal, y que quien no lo haya hallado, sepa que en alguna existencia venidera deberá pasarlo. Todos pasaremos por la erupción de nuestro volcán algún día. Así es la naturaleza del alma de Dios, que puja por elevarse, y como el río lucha por abrirse paso en las llanuras hasta llegar al mar, así es con nuestra esencia buscando su camino de retorno al Ser... ************************************************************************** Sobre el cuidado con el ego -> Una mañana de otoño, luego de haber comenzado una caminata con el maestro, se me preguntaba qué sentía en ese momento. Yo decía que a diferencia del principio del camino espiritual, donde todo me era incierto en cuánto a cómo comenzar y qué se debía hacer, ahora mi vida estaba más clara. Todo cobraba sentido, ya no tenía nada que temer pues yo sentía que había comprendido. El maestro me preguntaba a qué le temía, y yo le decía que a nada, que yo estaba entregado a Dios, que nada podía ser temido. Me preguntó si estaba alegre, y le dije que sí, que tenía gran alegría. Luego de caminar un largo trecho, me pidió que mirase al cielo. Lo hice y no vi nada particular. Me preguntó qué veía. Le dije que al sol resplandeciente, al firmamento celeste y limpio, y un día magnánimo y glorioso. Se sonrió y me dijo: "así está tu mente en este tiempo, mas recuerda: aquí el sol brilla, pero en otros sitios, las nubes que el viento llevó están descargando furiosas lluvias...manténte alerta, disfruta, pero alerta..." Y así era: dos días después mi mente se había inquietado, y mi salud hallaba tropiezos, y mi mente se llenaba otra vez de dudas. Como dice el Gita: el hombre sabio permanece igual ante placer y dolor, victoria y derrota, alegría y tristeza, salud y enfermedad. Disfrutemos del bienestar que se nos da como alivio en el largo camino, pero estemos alertas para que el ego no nos engañe. ************************************************* Sobre el deseo en el hombre -> Caminando por la orilla de un río vimos una pequeña rana, parada sobre una planta. Luego de dar unos cuantos pasos, percibimos como una serpiente se acercaba a ella. De pronto sentí que la serpiente iba a atacarla, y mi primer impulso fue espantarla para que no la devore. Me detuve, pues justo habíamos estado hablando con el maestro sobre la Ley del Karma, y sobre la equidad. La serpiente se abalanzó, y comenzó a tragar la rana. Observé, contra mi angustia, lo observé todo. Aquella rana era bastante grande para la serpiente. Quizá la serpiente estaba hambrienta, y esa presa era lo primero que comía en semanas. Vi como en la orilla de enfrente unas personas comían carne asada, y disfrutaban de esa comida. Todo era karma. El maestro me dijo: "has observado bien. La serpiente, a diferencia de esa gente que come carne de vaca por placer, está alimentándose de lo que tenía a la mano. No hay pecado en esto. Pero no te distraigas, y observa a la serpiente...". Tal cual leí en un libro de la India una vez, la rana era demasiado grande para la serpiente, y no podía tragarla ni soltarla. El maestro siguió, y dijo: " Así se conduce el hombre con el deseo. La rana es el objeto del deseo, la serpiente el hombre, y el hambre es el deseo de la mente. La serpiente desea devorar a la rana, pero jamás podrá hacerlo, es muy grande. Cegada por el apetito y el placer de saborearla no querrá soltarla. Como resultado final, ambas morirán. Aprende a no desear, mas si deseas, libérate del deseo porque terminará matándote" La serpiente estaba ahogándose, la rana croaba. Era una visión muy cruel pero muy aleccionadora. Finalmente, la serpiente escupió a la rana, y esta, muy herida, escapó. La serpiente, aún sin fuerzas, la miró alejarse. parecía seguirla deseando. Tal vez cuando las fuerzas le volviesen y el pánico fuese olvidado, cometería una vez más el error que estuvo a punto de matarla. No seas necio como la serpiente con la rana. Abandona lo que puede matarte...
Sobre la sencillez de la mente... -> Esta historia es muy sencilla y simple, y también se me dio en los comienzos de mi aprendizaje. Me molestaba mucho la agitación en mi mente, ese continuo ir y venir de pensamientos. Si bien mis conocidos veían en mí un ser en extremo inteligente, y lo consideraban una gran virtud que me hacía sobresalir del resto, a mí me quitaba la paz ese intelecto. No era que yo quisiese ser tonto, o no pensar, sino que quería pensar lo necesario y con equidad. Buscaba permanentemente el equilibrio. Yo veía en mi maestro el ideal que deseaba alcanzar, y le dije: "quiero llegar a tu punto, tú siempre estás en el centro, no piensas más ni menos, sólo lo justo. Yo no hubiese querido nacer con esta mente tan inmensa, a veces parece una computadora en cortocircuito!". Como vio mi congoja, optó por decirme: " mira, tu mente se tornará sencilla por sí sola cuando alcances a Dios, pero para que veas que tu maestro también recorrió un camino antes de llegar a ese punto que anhelas, te contaré lo que me sucedió con mi propio maestro cuando acepté su instrucción: me llevó a una laguna y me dijo que allí comenzaba mi enseñanza. Me dijo que me pediría algo muy difícil para mí. Esperé ansioso su requerimiento y él me habló: ¿ves que esta laguna tiene alrededor unos bellos patos que caminan por su orilla? Quiero que al atardecer, cuando yo regrese, me entregues un pato de las decenas de patos que hay allí. Contento para mis adentros me dije: ¡qué tontería! ¿esa es mi misión tan difícil? ¡Agarrar a un pobre pato! Y me sonreía. Comencé a acercarme a uno sigilosamente, me puse a sus espaldas, y cuando lo iba a agarrar, salió volando. No me di por vencido. Cerca había otro, intenté por el costado de unos árboles, y cuando lo iba a alcanzar, huyó rápidamente. Me comenzaba a desesperar, y realicé planes. No podía ser tan difícil algo tan fácil. Hasta llegué a tomar unas hierbas para que no me descubran, y las puse cubriendo mi cuerpo. El esfuerzo era inútil: las horas pasaban y no podía agarrar un solo pato! Ya estaba exhausto, llegó el ocaso, y mi maestro apareció caminando plácidamente, preguntándome sorprendido: ¿y mi pato?. Le conté todos mis esfuerzos, todo lo que hice, y los planes que tracé con mi mente para emboscar los patos sin éxito. Admití mi derrota. El se alejó unos pasos, se sentó en la orilla de la laguna, en silencio, cerca de donde un pato nadaba. Miró al pato, estiró su mano abierta y le dijo: ven pato! y el pato vino, ante mi asombro y mi vergüenza, EL PATO SENCILLAMENTE VINO. Esta enseñanza es para que siempre recuerdes que aún tu maestro debió aprender, y que la sencillez llega cuando Dios te inunda..." Por eso siempre tengo presente la historia de mi maestro con su maestro, y el pato. Nunca olvides que los grandes maestros enseñan con hermosa sencillez a veces, tan pero tan sencillamente que desarman todos nuestros planes y especulaciones. Espero que te haya gustado...
Sobre la fe... -> Cierta vez, el instructor me guiaba en el sendero del Karma Yoga, esto es, el sendero de la acción desinteresada (puedes ver más de este camino yendo a la sección Libros Sagrados, y mirando el Baghavad Gita). Yo era un adolescente, y ya tenía bien aprendido que ese ser era mi maestro. Aunque no sabía muchas cosas de él, esto no me importaba, pues me había llegado a demostrar cotidianamente que era alguien en quien podía confiar totalmente. Si bien leíamos el Gita y otros textos, el elegía nutrirme más con enseñanzas cotidianas que con lecturas. En aquella ocasión me dijo que podíamos poner en práctica lo del sendero de la acción desinteresada, realizando por ejemplo un trabajo que me demandase esfuerzo, sin recibir nada a cambio, sólo realizando la acción correcta. Lo acepté de buen grado. La labor en sí demandaba tiempo: se trataba de proveer a una casa grande de un portero eléctrico, para lo cual había que cavar una zanja en la tierra por donde fuese el cable del portero, realizar las conexiones, e introducir en una columna de ladrillos el aparato con el timbre. Cavamos la zanja de un largo de 30 metros, realicé las conexiones, y al segundo día me dediqué a carcomer el pilote de la calle donde introduciría el aparato de portero. Yo no tenía mucha fuerza física, ni experiencia. Realmente estaba agotado, pero aquella columna me estaba costando horrores. Con un martillo y dos cinceles, yo golpeaba y golpeaba los ladrillos para hacer un perfecto cuadrado lo suficientemente hondo para que el portero eléctrico quedase alojado. Los cinceles perdían su filo, y mi maestro me decía: "recuerda que cuando los notes sin filo me los debes dar a mí para que yo los afile en el fondo de la casa, y así no derrochas esfuerzo en vano". Cada media hora yo se los entregaba, y él luego de unos minutos me los devolvía, volviendo yo a los martillazos, contento porque el cincel tenía su nuevo filo, y esto hacía que la piedra se cortase con gran facilidad. Al cabo de unas 4 horas terminé la tarea, con los brazos adoloridos y las manos ampolladas, pero el trabajo estaba bien hecho, y funcionaba. Ya las personas de aquella casa contaban con el portero, y no debían caminar los 30 metros para abrir la puerta (muchos de ellos eran ancianos). Al concluir me dijo: "has trabajado muy bien, con alegría, y sabiendo que no recibirías nada a cambio. Eso es Karma - Yoga". Yo le dije: " sí he recibido, aunque sin esperarlo, la recompensa de sentir alegría por haber trabajado con mis manos para otros". Se sonrió, caminamos conversando de muchas cosas, y el tiempo pasó. Al cabo de unos meses, frente a otros alumnos sentados en una mesa, había que conversar sobre la fe. Todos exponían lo que sentían que era la fe, lo difícil que era ponerla en práctica, se hablaba de la enseñanza de Jesús sobre la fe del tamaño de un grano de mostaza, y otras cosas. Cuando todos expusimos y charlamos, el maestro nos dijo: "les mostraré qué es la fe y como obra: hace unas semanas él y yo (y me señaló) realizamos un trabajo en una casa..." Les detalló en qué consistía, y hasta ahí, ni los demás alumnos ni yo, entendíamos que tenía que ver específicamente esto con la fe. Prosiguió diciendo: "cuando los cinceles perdían el filo, él me los entregaba para que yo los afilase, y luego de unos minutos, yo se los devolvía, y él arremetía contra la piedra cortándola con gran velocidad y fuerza. ESO ES FE". Nos mirábamos, y no entendíamos nada. ¿cuál era mi fe? Sólo trabajaba con cinceles que sabía que podían cortar los ladrillos. No había fe en ello, así que otro alumno irrumpió y dijo: "yo veo que esto es karma yoga, pero no encuentro donde ubicar la fe en este acto..." El maestro tomó su taza de té, y luego de tomar un trago, repuso: "jamás afilé siquiera una vez los cinceles". En verdad no sabía qué sentir: varias veces se los di, se los llevó, y yo cortaba con cinceles como nuevos. Primero sentí una gran molestia por este artilugio que me había jugado mi maestro, aquel en quien más confiaba. Luego comprendí que los maestros se valen de esta forma muchas veces para desarrollar nuestras virtudes. Él concluyó diciendo: "han visto como su fe operó contra toda lógica. Confiando plenamente en mí, no dudó jamás de que podía cortar mejor con lo que yo le daba. Tuvo fe en su maestro. Esto generalmente sucede primero. Luego debe crecer la fe en sí mismo. Si yo le hubiese pedido que corte la roca como lo hizo, pero sin develarle el secreto de los cinceles, difícilmente él hubiese creído que lo lograría..."
Sobre el camino a Dios... -> Al principio de mi camino imaginaba muchas cosas. La forma en que mi maestro se había revelado como tal en medio de mi crisis existencial, el modo en que aquello de lo que dudaba llamado Dios se hacía tangible, y el misterioso sendero que se abría ante mí para que la vida tuviese un sentido consciente, habían hecho que mi mente joven y especulativa imaginase que aquello sería siempre diferente, casi espectacular. El estar ante una vida mística, con un maestro que me guiaba paso a paso, me hacía pensar en lo sobrenatural, en ángeles, arcángeles, seres de distintas jerarquías, yoguis, visiones y apariciones, el bien y el mal y un sinfín de cuestiones. En contraste con estas expectativas, el maestro me enseñaba en plazas, o en largas caminatas, o tomando un café en un bar. Leíamos algo, nos quedábamos en silencio, o simplemente me hacía observar lo que me rodeaba. Luego de unos cuantos meses, pude comprobar que una alumna que hacía poco tiempo (al menos en esta vida) estaba bajo su enseñanza, refería todo tipo de hechos sobrenaturales desde que había comenzado: me hablaba de voces que escuchaba, de mirar una imagen de Cristo y que esta imagen cobraba vida, de despegues del plano físico y viajes astrales, de comunicación a distancia, etc. Como era de imaginarse, mi ego sutilmente se infiltró y comenzó a lanzar sus venenosas dudas: ¿cómo es posible que a mí no me suceda nada de esto? ¿si Dios es tan alto, por qué no me hace ver ninguna de estas cosas? ¿será que esta muchacha está sugestionada o inventa cosas? ¿mi maestro le inducirá a ver cosas que no existen? ¿y si todo esto es una mentira y enloquezco? ¿estaré ante un maestro o ante un farsante? y miles de especulaciones más que bombardeaban mi tranquilidad. Al cabo de unos días, estábamos los tres reunidos (el maestro, la alumna y yo) y ella seguía refiriendo cosas por el estilo. Yo con cierta apatía dije: a mí no me sucede nada de eso tan maravilloso que mencionas. El maestro sonrió y ella dijo: bueno, eso no significa que yo sea mejor ni peor que tú, sólo son caminos y formas diferentes de lo mismo. Aquella explicación no tranquilizó mis expectativas, pero no lo dije. Luego de unos días, el maestro me llevó a otra de sus caminatas. Me preguntó que cómo iba mi vida, y otras cosas más. Yo le dije que bien, y conversé un largo rato, hasta que al fin mi ego se reveló y le dijo: lo que no entiendo es por qué a ella le suceden todo tipo de cosas y a mí nada! Con una mezcla de severidad y dulzura, imposible de explicar, se me dijo: mira, a ti te sucede el más hermoso de los milagros: tú estás vivo y hasta hace unos meses no habías siquiera reparado en la magnitud de esto. Lograr la forma humana es en verdad difícil, pero más allá de eso no debes confundirte pues EL CAMINO A DIOS NO ES UN CIRCO. El camino a Dios es la sencillez, la humildad, la fe, el amor. No esperes visiones pues ¡ay de ti si luego de ver cosas sobrenaturales osas dudar de Él luego! Si el Padre te concede tales gracias, tómalas con sencillez en tu corazón y no permitas que el ego te haga creer que eres más que otros por esto. Sé simple, como el árbol lo es, inofensivo y fuerte, amoroso y sabio: él no espera visiones, ni especula, y sus raíces yacen firmes en la tierra, hermanadas con sus congéneres, y su copa toca el cielo. El árbol te ve pasar día a día, y es testigo de tu ser, y tú ni te detienes a verlo. Sé sencillo como él, y encontrarás a Dios... Como siempre sucedía, un minuto de sus palabras silenciaban mi pretencioso ego, y mi corazón vibraba. Quiero que esta pequeña historia quede en aquellos que suponen que el camino a Dios está repleto de visiones y ángeles, y sucesos llamativos. Recuerden muy bien esa frase dicha por los maestros cuando sus ego les haga suponer cosas que no son: EL CAMINO A DIOS NO ES UN CIRCO. Luego de años, y sin que yo quisiese ver nada en absoluto, sucedieron cosas que me sobrecogieron, pero las guardé en mi corazón, donde el ego sólo puede mostrar sus garras o rasguñarme, pero jamás devorarme...
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